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¿Cuáles son las causas de los trastornos de nuestros hijos adolescentes?

21 de mayo de 2013 por drdrsambola15

“Tengo miedo a que mi hijo sea adolescente”, “¿Con quién se relacionará?”, “ Me da temor que pueda caer en las drogas”. Frases como estas son sentidas, silenciadas, pronunciadas y escuchadas por amigos, y suelen ser dichas como motivo de consulta de padres con angustia anticipatoria sobre el carácter o comportamiento social de sus hijos adolescentes.

En otras ocasiones, cuando los hijos llegan a la adolescencia y se encuentran con problemas con su conducta en la escuela o la casa, drogas, agresividad o abandono escolar, los padres suelen buscar la terapia para enfrentar los conflictos. Solicitan ayuda ante varias manifestaciones emocionales que ven reflejadas en sus hijos: desde el enfado, la preocupación hasta el miedo. Hay ocasiones en que suelen sentir culpa como expresión de su angustia. E inclusive pueden ocultar información. De hecho, la culpa como modo de queja se convierte en una especie de postura que favorece la parálisis familiar retorciéndose en la excusa del propio lamento sufridor.

Las conductas de nuestros hijos es una responsabilidad compartida

En los jóvenes y adolescentes muchas veces nos encontramos ante la callada voz de los obstáculos. Frases como “mi madre tiene miedo” o “mis padres tienen la culpa” son algunos de los entresijos que nuestros hijos se enfrentan realizando sus conductas poco sanas. 

Si nos cuestionamos en dónde están las raíces del problema, nos damos cuenta que se trata de una responsabilidad compartida: por un lado la de los valores que transmitimos y, por otro, la responsabilidad de nuestros hijos de leer la realidad de muchos modos diferentes a nuestras buenas intenciones.

Muchas veces hemos dicho o escuchado las frases hechas como: “no nacemos con un manual de padres debajo del brazo” o que “lo hacemos lo mejor posible”. Parafraseando a Elsa Punset que ha dicho algo como en entrevista concedida en la promoción de su libro Brújula para navegantes emocionales (2008) : 

“Lo ideal sería que cuando eres pequeño tus padres y tus maestros supieran lo suficiente sobre las emociones como para ayudarte a navegar por ellas. Ha habido un gran fallo de la sociedad: hemos dejado a los padres muy desamparados, les obligamos a sacarse titulitos para todo menos para tener hijos y para entender cómo funcionan emocionalmente”. 

Existen múltiples patrones familiares poco sanos

En la observación clínica no nos encontramos con lo ideal, es inevitable encontrarnos con variados perfiles de familias que se repiten acompañando a sus hijos que sufren por algún trastorno emocional o que se drogan. 

He aquí, desde la observación una clasificación popular, de uno de esos patrones familiares poco sanos que NO favorecen cuando estamos educando a otros.

Es importante clarificar que cuando nos referimos a estilos nocivos se trata de lo que destaca unipolarmente (es decir, se acentúa o sobreabunda) como la forma de relación entre los padres con sus hijos.

Frases que pueden producir patrones familiares poco sanos

He aquí la gran diferencia entre: “quiero lo mejor para mis hijos” y “quiero que mi hijo sea el mejor”: 

 “Be the best” (Sé el mejor) 

Este estilo educativo tiene varios matices, aunque se refiere básicamente a aquellos padres que planean a sus hijos y a su futuro desde sus propias expectativas “que sean los mejores”.  Es un posicionamiento egoísta, limitado sobre las necesidades de sus hijos, quienes muchas veces les someten a una sobrecarga en estudios, idiomas, refuerzos. 

Suelen tener poca comunicación con ellos, poco tiempo para interesarse por sus gustos, intereses, sentimientos; así como por compartir el tiempo libre de un modo distendido. Son entornos familiares de alta exigencia y autoritarismo donde se menosprecia la falta de competencia específica. Se promueve la represión de debilidades, discapacidades o limitaciones; incluso, y esto es lo más nocivo de todo, los hijos pueden llegar a leer y/o interpretar que para ganar el amor de sus padres y nublados por la exigencia fría, han de conseguir ser como sus padres desean. 

Esto puede suponer una carrera de fondo estresante, tensa y de insatisfacción crónica a largo plazo… Ya que el amor no tiene nada que ver con ser el mejor (nunca fue así), no estamos necesitados de ser los mejores; sin embargo y en cambio, estamos necesitados de ser amados sin condición, sencillamente por quienes somos. Este estilo, muy presente en nuestras consultas acaba desvirtuando el propósito del afecto natural, necesario mientras se gesta la afectividad humana.

En definitiva, en próximas reflexiones sobre el sufrimiento humano más allá de sus síntomas, continuaremos compartiendo información para que surja el diálogo. Hablaremos más de los patrones que se hacen clásicos sobre el mantenimiento de un sistema familiar enfermo: “Sé el mejor. No se te ocurra equivocarte, no hables, no sientas, no confíes, no pierdas el control y no busques ayuda fuera”.


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Publicado en Adicciones Adolescencia